01
Versión 1
«Vi un anuncio en la tele y pensé que sería fácil»
Son las 11 de la noche. Estás en el sofá. Aparece un anuncio: «¡Tu web profesional en 10 minutos!» Páginas Amarillas, una plataforma con nombre en inglés que suena a startup californiana, o el último constructor con IA que promete que hasta tu gato podría usarlo.
La pantalla muestra algo precioso. Moderno. Limpio. El tipo del anuncio sonríe mientras arrastra bloques de colores con el dedo y en tres clics tiene una web que parece la de Apple.
Esto lo puedo hacer yo, piensas. Contratas. Pagas. Te sientas con el entusiasmo de quien va a resolver su vida en una tarde.
Primeras dos horas: bien. Semana dos: has rehecho la portada siete veces y ninguna convence. Mes tres: tienes algo publicado que parece hecho por tu ahijado de 10 años en un día que no estaba inspirado. Los botones no van donde deben, el móvil lo muestra torcido, y el texto de «Bienvenidos a mi web» lleva ahí desde el día uno.
Agotado y frustrado, decides que «ya lo arreglarás». Spoiler no lo arreglas.
02
Versión 2
«Me lo hace el hijo de mi amiga, que tiene un 10 en informática»
El chico es listo. De verdad. Su madre lo menciona en cada reunión familiar como si hubiera descubierto la penicilina. Tiene 16 años, ha hecho un curso de YouTube, y cobra barato.
¿Qué puede salir mal?
Todo. Todo puede salir mal. Porque saber programar no es lo mismo que entender tu negocio, tu cliente, y por qué alguien debería comprarte a ti y no al de al lado. El resultado es una web técnicamente funcional con la profundidad estratégica de un post de Instagram de motivación.
Bonita por fuera, vacía por dentro, invisible para Google, y muda para tus clientes.
03
Versión 3
«Contraté una agencia. Una agencia de verdad.»
Esta es la que duele más. Aquí ya había intención seria. Reuniones. Presupuesto real.
El problema: el ecosistema digital está lleno de «agencias» que son en realidad dos personas con un Mac, un Notion muy ordenado, y más confianza que conocimientos. Se llaman a sí mismos «agencia de marketing digital con enfoque estratégico omnicanal». En su web hay logos de clientes que trabajaron con ellos una vez para hacer un cartel.
Te hacen una presentación con muchas diapositivas y palabras como «funnel», «branding», «posicionamiento orgánico». Asientes aunque no entiendas ni la mitad.
¿El resultado? Un WordPress cargado de plugins que tarda 12 segundos en cargar. Una plantilla de Themeforest que usan otros 40.000 negocios. Y para el SEO, te han instalado Yoast, han puesto las palabras clave en verde, y te han dicho «ya estás posicionado».
No estás posicionado. Estás abandonado. Cogieron una plantilla, metieron tus textos, y te lo entregaron como si hubieran construido las pirámides de Egipto.
04
Versión 4
El kit digital. O cómo el Estado financió miles de webs inútiles.
El gobierno creó un programa para digitalizar los negocios españoles. Entre 3.000 y 6.000 euros de dinero público para que autónomos y pymes tuvieran presencia digital digna.
Una idea genial... en teoría.
En la práctica: una avalancha de agentes digitalizadores que vieron el negocio de su vida. Cobrar la subvención, entregar una web plantilla de manual, y desaparecer más rápido que un técnico de esas compañías telefónicas que dice que viene entre las 9 y las 2. (Puedes llamarlas Stafone, Vomiestar o la de la pelotita naranja. Las que dicen «siempre a tu lado». Sí, esas mismas.)
El resultado: miles de negocios con una web financiada por todos los contribuyentes que no convierte, que nadie sabe actualizar, de la que nadie tiene las contraseñas bien guardadas, y que cada vez que hay que tocar algo hay que llamar al agente digitalizador que cobra por cada coma que mueve.
Dinero público. Resultado privada y previamente desastroso.